viernes, 9 de diciembre de 2016

DOS VALIENTES EN UN MUNDO HOSTIL



La Biblia está llena de valientes, por quienes se ha transmitido la fe y la verdad de Dios. Su lucha o resistencia ocurrió hace siglos pero la esencia del comportamiento humano sigue siendo el mismo. Ahora, igual que antes, la sociedad contiene multitud de creencias o supersticiones, de mensajes, de manipulaciones, etc. La inclinación natural del hombre hacia el pecado (no combatida con las armas que Dios pone a nuestro alcance) es la causa de la retro alimentación del EGO. Es decir, aquellas personas que no combaten su naturaleza pecadora van sumando cada vez más pecados, y cada vez más grabes. Y una de las cosas que crece exponencialmente, si no se mantiene a raya, es la soberbia.
                Como sabemos, el orgullo es lo opuesto a la humildad. Para decirlo de otro modo, la humildad nos ayuda a santificarnos y a parecernos más a Jesús; mientras que la soberbia nos aleja de Dios y nos asemeja más a Satanás. El humilde reconoce a Dios,  le ama,  le adora y sirve. En cambio el soberbio se autoproclama dios, demanda adoración y exige servidumbre.
                En la historia de la Salvación y en nuestros días existen valientes que se rebelan contra la propia tendencia interior hacia la soberbia y sus frutos, y que no siguen el camino de los impíos sometidos a la naturaleza del hombre caído. De este tipo de personas deseo destacar dos figuras bíblicas. La primera de ellas vivió en tiempos de Nabucodonosor, mientras que la otra en época de Herodes Antipas.
                Nabucodonosor hizo erigir una estatua de treinta metros de alto por tres de anchura en el llano de Dura. «Mandó a los sátrapas, prefectos, gobernadores, consejeros, tesoreros, juristas y jueces y a todas las autoridades provinciales, que se reunieran y asistieran a la dedicación de la estatua erigida» (Dn 3,2). Observamos cómo el tirano opresor, esclavo de su orgullo reúne a todas las autoridades civiles, religiosas, financieras, legales, etc… ¿Para qué? Para que recibieran un nuevo mandato ante la gran estatua: «En el momento en que oigáis el cuerno, el pífano, la cítara, la sambuca, el salterio, la zampoña y toda clase de música, os postraréis y adoraréis la estatua de oro que ha erigido el rey Nabucodonosor. Aquél que no se postre y la adore será inmediatamente arrojado en el horno de fuego ardiente» (Dn 3,4-6). Vamos a traducir el mensaje a un lenguaje actual: El líder mundial o nacional reúne a todas las autoridades mundiales o nacionales y les comunica que a partir de ahora cuando él dé la señal deben postrarse y someterse ante aquello que se les ordene. Si no lo hacen habrá represalias. En tiempos de Nabucodonosor se habla de una gran estatua. Ahora se habla de proyectos, ideologías, objetivos, políticas, intereses, economías, creencias, etc…
Básicamente, en la actualidad como en la antigüedad, existen instrumentos del diablo cuyo objetivo es someter a los pueblos para desviarlos de la Verdad, llevándolos por caminos de supuesta prosperidad y felicidad cimentados en mentiras disfrazadas de verdades con destino a la esclavitud, desesperación, fracaso, tristeza, y finalmente la muerte. La mente de la sociedad sufre ataques sin tregua ni piedad, sobre todo, a través de los medios de comunicación social, para someterla y alinearla a la voluntad de la organización nacional o mundial predominante y contraria a la Ley de Dios.
Es significativo que el inmenso ídolo fuera de oro porque es el metal que tiene mayor valor. Por tanto, Nabucodonosor realizó un gran esfuerzo económico para erigir su imponente ídolo. Seguramente quería deslumbrar a todo el mundo con un falso dios espectacular. El hecho de postrarse ante esa estatua constituía un importante acto de sumisión, sino absoluto, al rey y a sus idolatrías. En nuestros días también quieren que nos postremos ante grandes construcciones (materiales o inmateriales) que no son más que mentiras. Pero nos las presentan tan grandes, tan bellas y  tan persuasivas que muchas veces caemos en el engaño, o somos vencidos debido a nuestra falta de lucha y valentía.
En el relato del libro de Daniel, observamos cómo, llegado el momento, «todos los pueblos, naciones y lenguas se postraron y adoraron la estatua de oro que había erigido el rey Nabucodonosor» (Dn 3,7). Realmente se trataba de algo muy generalizado. También hoy en día es algo muy generalizado postrarse ante la estatua del orden social establecido. Todos se postran ante esta inmensa e idolátrica construcción humana. Unos por convencimiento, otros por intereses, otros por miedo y otros, sencillamente, son arrastrados por la corriente sin saber muy bien lo que está pasando.
¿Se postraron todos ante la estatua de Nabucodonosor?. La respuesta es No. Aquellos que conocen el relato saben que Daniel y sus dos compañeros se negaron a hacerlo. Debido a su negativa, fueron capturados y llevados ante la presencia de Nabucodonosor, quien les preguntó: «¿Es verdad que no servís a mis dioses ni adoráis la estatua de oro que yo he erigido?» (Dn 3,14). Sabemos que así fue y que nunca lo hicieron, a pesar de las amenazas.
Todo ha empezado por una estatua de oro, pero ahora se descubre todo el paquete. Postrarse ante aquella estatua significaba aceptar y servir a los mismos dioses, junto con sus doctrinas, a los cuales servía el rey. Continúa la semejanza con nuestra realidad actual. Postrarse ante una ideología significa servir a los dioses que la acompañan, ya sean materiales o inmateriales. Igualmente, esta postración supone aceptar sus correspondientes doctrinas: ateísmo, agnosticismo, sincretismo o relativismo religioso, anti cristianismo, consumismo, exaltación del YO, aborto libre, aceptación de uniones de personas del mismo sexo, cambio de sexo, esclavitud laboral, enriquecimiento ilícito, etc… En definitiva, multitud de cosas, mayoritariamente respaldadas por leyes humanas, contrarias a la voluntad de Dios.
Daniel y sus compañeros nunca se postrarían ante un falso dios y nunca desobedecerían la Ley de Dios aunque el precio fuera la tortura y la muerte. Ellos confiaban en que Dios los libraría del horno de fuego ardiente, al cual podían ser arrojados por no acatar el mandato real. Aunque también aceptaban la posibilidad del sacrificio, si esta era la voluntad del Señor (cf. Dn 3,17-18). Nabucodonosor, lleno de cólera, mandó encender un gran horno siete veces más fuerte de lo normal y ordenó a sus hombres más corpulentos atar fuertemente a estos valientes para asegurarse de que no pudieran auto liberarse (Dn 3, 19-20). De hecho, la irritación (y sus sinónimos) es habitual entre los enemigos de Dios cuando no pueden doblegar al valiente cristiano. Después le siguen la ira, las amenazas, las ridiculizaciones, las burlas, etc. Más si con esto no es suficiente, es probable algún tipo de coacción, pudiendo llegar a ser violenta.
Daniel y sus compañeros fueron lanzados a un horno tan incandescente que cuando lo abrieron mató a sus acompañantes opresores, en cambio Dios los salvó milagrosamente. «Iban ellos por entre las llamas alabando a Dios y bendiciendo al Señor» (Dn 3,24) con una preciosa y poderosa alabanza a Dios. ¡Que nadie quite a alabanza de nuestra boca!, sea cual sea la situación. Más aún si estamos en medio del fuego de la persecución a causa de nuestra fe y valentía.
Esta vez, los perseguidos fueron milagrosamente salvados por el poder de Dios, pero no siempre es así. Tenemos otra figura bíblica, la cual es Juan Bautista, que acabó de otra manera. Todos ellos coinciden en que no se doblegaron ante el poder corrupto e idólatra de su tiempo, ni se amedrentaron ante las amenazas de gobernantes y reyes. Daniel y Juan fueron firmes y radicales en su fidelidad a Dios.
Juan Bautista fue un hombre que se caracterizó por realizar un llamado público a la conversión y por la denuncia, también publica, de las inmoralidades e injusticias de su tiempo. Su celo por exponer la verdad y salvar almas para Dios tiene el fundamento bíblico en aquellas palabras del profeta Ezequiel que dicen: «Si le digo al malvado: ¡Vas a morir! y si tú no se lo adviertes, si no hablas de tal manera que ese malvado deje su mala conducta y así salve su vida, ese malvado morirá debido a su falta, pero a ti te pediré cuenta de su sangre» (Ez 3,18). Por tanto, Juan bautizaba en el desierto y predicaba la conversión para el perdón de los pecados. En él se encarnaban las palabras del profeta Isaías: «Envío mi mensajero delante de ti, el que ha de preparar tu camino. Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas» (Mc 1,2).
Juan se tomó muy en serio su ministerio, hasta el punto de denunciar públicamente las irregularidades, inmoralidades o pecados de cualquiera, incluidas las del tetrarca Herodes, sin miedo a represalias. Para los cristianos es sobradamente conocido el relato del arresto y muerte de Juan el Bautista como consecuencia de la corrección que hizo a Herodes por estar cometiendo adulterio con la mujer de su hermano Filipo (cf. Mt 14,1-12). Seguramente la actividad de Juan debió ser una continua llamada a la conversión para todos, sin excepción: ricos, pobres, esclavos, señores, sacerdotes, sencillos, sabios, pastores, reyes, etc…
Daniel y Juan sufrieron una dura persecución a causa de su radical fidelidad al llamado de Dios. En ningún momento se dejaron doblegar por el poder del gobierno mundano establecido, al cual le resultaba incómoda su presencia. La persecución sufrida por Daniel Y Juan se origina de dos formas diferenciadas:
1. Persecución al orante. Daniel fue perseguido y condenado a muerte por ser un hombre de oración que únicamente adoraba al verdadero Dios. Su determinación por no acatar leyes contrarias a Dios y a la libertad religiosa, originó denuncias, amenazas y condenas. A los gobernantes de su tiempo (y a los de ahora) incomodaban los indoblegables fieles de Dios. Estos, eran perseguidos, no por tener un ministerio público de predicación que pudiera causar tensiones, sino por su integridad y fidelidad incondicional al Señor en su vida privada y por desobedecer leyes opuestas a la voluntad de Dios.
2. Persecución al profeta. Se trata de la persecución sufrida por aquellos que transmiten al pueblo las palabras de Dios, ya sea en forma de mensaje literal o bien mediante la predicación inspirada por el Espíritu Santo. Ya no se trata únicamente de ser un fervoroso creyente en la iglesia o en la intimidad de la habitación. Se trata de personas que lanzan el mensaje de Dios a los cuatro vientos, como Juan Bautista. Esto resulta realmente incómodo a las potestades satánicas y, evidentemente, a sus servidores, los cuales cuando están aposentados en lugares de gobierno utilizan toda clase de manipulaciones perversas para eliminar cualquier oposición a sus, también, perversos planes.


                ¿Qué nos pide Dios hoy a los cristianos? El Señor quiere que seamos radicalmente fieles en la oración como Daniel. Que nuestra vida sea una continua oración a Dios allá donde estemos, sin ocultar nuestra condición de cristianos. Al mismo tiempo, Dios quiere que exterioricemos y pongamos en práctica los dones y carismas que nos ha regalado. El Mundo quiere que callemos y que no actuemos, pero Dios nos llama a ser valientes. Jesús nos dice en el Evangelio según Mateo: «Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde los terrados. Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a Aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna.» (Mt 10,27-28)

viernes, 22 de julio de 2016

EL FUNDAMENTO DE LA INTERCESIÓN




Pedir a Dios por las necesidades de otras personas, acto que conocemos como intercesión, debería estar presente en las actividades normales de cualquier agrupación cristiana. Sin embargo, es muy probable que muchos cristianos no hayan descubierto el valor y el poder de la intercesión, aun tratándose de una llave que Dios ha puesto en nuestras manos para abrir la puerta de la bendición, de la salvación, de la sanación, de la liberación, etc., que muchos están esperando. ¡Con la intercesión se desata el poder invencible de Dios!

Lastimosamente se han levantado muchas voces poniendo en duda la necesidad de la intercesión, tanto dentro como fuera de las iglesias, con argumentos como estos:

- ¿Para qué interceder si Dios va a hacer lo que quiera?

- ¿Para qué interceder si Dios ya conoce lo que necesitamos?

- ¿Para qué interceder si está todo predeterminado?

- ¿Para qué interceder si Dios no va a alterar el orden natural establecido?

Todos estos argumentos son artimañas del Enemigo para evitar que florezcan nuevos intercesores y para desanimar a los existentes. De hecho quienes apoyan estas premisas están desfigurando el rostro misericordioso de Dios que quiere obrar maravillas en sus hijos pródigos y en sus ovejas heridas y perdidas, por la mediación de los intercesores. Ahora bien, todos estos argumentos erróneos se desmoronan si entendemos bien el porqué de la necesidad de la intercesión.

¿Por qué quiere Dios que intercedamos?. Voy a ampliar la pregunta, ¿por qué quiere Dios que intercedamos si ya conoce todo lo que necesitamos y puede hacer lo que quiera sin necesidad de que se lo pidamos?. Es posible que muchos hayan pensado que el Señor Todopoderoso lo ha querido así para que no nos olvidemos de Él; que de esta manera se fomenta la relación con Dios a la vez que nos hace practicar el amor hacia los destinatarios de nuestras oraciones. Por tanto la intercesión sería, además de una forma de desatar el poder divino sobre tantas situaciones que lo necesitan, una buena herramienta para acercarnos a Dios y al prójimo. Todo esto es cierto y forma parte de los numerosos frutos y beneficios de la práctica de la intercesión pero no nos lleva al verdadero fundamento de su necesidad.

Si únicamente nos quedáramos con estas explicaciones podríamos, sin querer, dar la razón a los que opinan que Dios es un tirano, ya que permite el mal pudiéndolo evitar con su omnisciencia y su omnipotencia. Es decir que si sabe que alguien necesita algo y no se lo concede porque nadie le pide que actúe al respecto, permitiendo que esa persona sufra innecesariamente o se pierda, ¿Dónde está su amor y misericordia? La explicación de esta forma de actuar de Dios tiene su origen en las primeras páginas de la Biblia.

Vamos a empezar por el principio. El relato Elohista de la creación nos dice: «Ahora hagamos al hombre. Será semejante a nosotros, y tendrá poder sobre los peces, las aves, los animales domésticos y los salvajes, y sobre los que se arrastran por el suelo. Cuando Dios creó al hombre, lo creó semejante a Dios mismo. Hombre y mujer los creó, y les dio su bendición: Tened muchos, muchos hijos; llenad el mundo y gobernadlo; dominad sobre los peces, las aves y todos los animales que se arrastran» (Gn 1,26-28). De este texto vamos a extraer unas palabras clave:

- Semejante a nosotros. Dios (se trata de la Trinidad) hace al hombre semejante a Él. Esto significa que tendrá poder, santidad, inmortalidad, inmunidad total a la concupiscencia desordenada, dominio y gobierno de la creación, es decir, una lista de lo que se llama dones preternaturales y sobrenaturales, habituales y comunes en todos, antes de la caída en la desobediencia.

- Tendrá poder. Dios le otorga poder sobre todo lo creado.

- Llenad el mundo y gobernadlo. Al hombre se le concede la potestad de gobernar el mundo. Dios delega todos los derechos de gobierno a los que están hechos según su imagen y semejanza para que dominen la creación.

- Dominad. Un poco más de lo mismo para confirmar el mandato de Dios a favor del hombre.

En el relato Yavista de la creación encontramos los siguientes textos:

- «Dios el Señor formó al hombre de la tierra misma, sopló en su nariz y le dio vida» (Gn 2,7). Con el Ruah, el mismo Espíritu de Dios, el hombre adquiere su condición a imagen y semejanza del Creador.

- «El Señor puso al hombre en el jardín de Edén para que lo cultivara y lo cuidara» (Gn 2,15). Es otra forma de decir que se le otorga el poder de gobernar y dominar la creación.

- «Dios el Señor formó de la tierra todos los animales y todas las aves, y se los llevó al hombre para que les pusiera nombre» (Gn 2,20a). Este fragmento es un buen ejemplo de la delegación que Dios hace a favor del hombre. Quien pone nombre es el dueño de algo. Dios crea pero no pone nombre, sino que lo entrega al dueño legítimo y legal, según su propia voluntad, para que lo haga.


Para complementar lo dicho aporto este fragmento del salmo 8, refiriéndose al hombre: «Apenas inferior a un dios le hiciste, coronándolo de gloria y de esplendor; le hiciste señor de las obras de tus manos, todo fue puesto bajo sus pies» (Sal 8,6-7). Más citas podrían añadirse al respecto pero considero que ya nos hemos enterado.

Una vez examinados estos textos podemos llegar a la conclusión de que el Señor Todopoderoso, al crear el mundo, instauró una ley, mediante la cual se establece que solamente el ser humano, imagen y semejanza de Dios, tiene la potestad de gobernar la creación ejerciendo el poder y dominio que se le ha concedido. A partir de esto hay que tener en cuenta lo siguiente:

1. Dios ha dado potestad y libertad al hombre para gobernar la creación visible otorgándole derecho legal sobre ella.

2. Únicamente el ser humano puede hacer y deshacer en el territorio que le ha sido concedido. Ningún otro ser, ya sea físico o espiritual, puede intervenir sin autorización de aquel. En consecuencia, todo el ámbito concedido a los hombres es potestad y, por tanto, responsabilidad suya.

3. Al delegar, Dios respeta su propia ley y no realiza nada que pertenezca a la jurisdicción del hombre sin permiso del mismo. La intercesión es una de las maneras de dar permiso a Dios. Quizás la más explícita, junto con la oración de petición. Hay otras formas implícitas de permitir que el Reino de Dios se manifieste con poder, como puede ser la alabanza, la adoración, los sacramentos y mediante la participación del poder de Jesucristo por parte sus discípulos, algunos con carismas específicos sobrenaturales. No olvidemos que es Jesucristo quien tiene todo el poder sobre cielos y tierra, sobre lo visible y lo espiritual. No hay fuerza cósmica, ni humana, ni espiritual que esté por encima de Él. Todo está sometido bajo sus pies.

4. Dios se mantiene firme a su Palabra y a sus leyes: «No es Dios un hombre para mentir, ni hijo de hombre para volverse atrás» (Nm 23,19). No nos engañemos a nosotros mismos, Dios tiene una forma de hacer las cosas y debemos hacer lo posible para conocerla y someternos a su voluntad. Intentar hacer las cosas de otra manera nos llevará al fracaso.

5. Con la intercesión, el hombre da permiso a Dios, mediante acción de súplica u oración, para que active su infinito poder e intervenga en las vidas de personas, en familias, ciudades, naciones, etc… La intervención puede realizarse a nivel físico, psíquico o espiritual. Es decir, mediante la intercesión se puede llegar más allá de la jurisdicción concedida, pero siempre en referencia a temas que puedan repercutir en ella o a personas que le pertenezcan.

6. Todo ser, físico o espiritual, puede sugerir al hombre cualquier cosa para que este proceda de la forma que considere adecuada y se pueda materializar, o no, la proposición. Cuando se trata de Dios, quien sugiere que se ore por algo, la manera correcta de responder es intercediendo según su voluntad. Aunque las sugerencias pueden ser de muchos tipos. Nos pueden llamar a la conversión personal, a abandonarnos a Dios, etc… De forma parecida, el Diablo puede intentar que cedamos a sus pretensiones, ya que también necesita nuestro permiso.

7. Dios se hizo hombre para no transgredir su propia Ley cuando irrumpió en el curso de la historia trayéndonos salvación y derrotando todas las potestades y fortalezas del Enemigo. Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, se ha convertido en el Intercesor por excelencia sentado a la diestra de Dios (cf. Rm 8, 31-34).


La intercesión fue necesaria después de la caída del hombre, ya que en el Paraíso el gobierno ejercido estaba totalmente alineado a la voluntad de Dios, por tanto no existía desorden ni daños que reparar. Según Santo Tomás de Aquino, "como el primer hombre fue instituido en estado perfecto en cuanto al cuerpo, así también fue instituido en estado perfecto en cuanto al alma, de modo a poder luego instruir y gobernar a los otros seres" (Suma Teológica, q. 96, 1). Pero como ya sabemos, llegó el Diablo en forma de serpiente y propuso un acto a Eva y esta a Adán. Ambos cedieron transgrediendo la ley de Dios, con lo que permitieron a Satán apoderarse de lo que Dios había puesto en sus manos. El hombre perdió la comunión con Dios, así como los dones preternaturales y sobrenaturales. La desobediencia le convirtió en marioneta del Diablo. Incluso la misma creación sufrió las consecuencias esta entrada de rebeldía y desorden. A este fatal acontecimiento podríamos llamarlo el gran cataclismo físico y espiritual. El hombre se vio despojado de prácticamente todos sus privilegios pero Dios no cambió su ley inmutable y eterna. De manera que, aún en estas pésimas condiciones, Dios (y cualquier otro), continúa necesitando el permiso del hombre para desatar su poder. El problema surgido con la caída es que la humanidad ha quedado, no sólo desprotegida, sino herida por la soberbia y sus derivados, así como por un desordenado apetito por los placeres terrenales. Esta realidad ha provocado que el hombre haya otorgado multitud de permisos al Diablo, cosa imposible antes de la primera desobediencia, para dominar en el mundo.

Hasta la venida de Jesucristo, únicamente ciertas personas elegidas por Dios podían dirigirse a él para mediar e interceder. Después de la venida de Jesús, todo bautizado puede ser un intercesor efectivo. Más aún, unidos a Cristo, los discípulos pueden participar de su poder para mantener a raya toda inclinación desordenada (que de otra manera sería imposible), participando de la victoria del único Salvador, Jesucristo.

Me gustaría finalizar con algunos puntos importantes sobre la intercesión, sin intención de alargarme demasiado, pues todo lo que aquí se está diciendo se podría desglosar y desarrollar más extensamente. Algunas cosas que considero importantes son las siguientes:

- Muchos planes y propósitos de Dios nunca se cumplirán porque nadie intercedió por ellos. Más aún, muchas personas no se sanarán, no se liberarán, no se salvarán, porque nadie intercedió por ellos. Recordemos aquella cita de Ezequiel que dice: «El pueblo de la tierra oprimía y robaba; al afligido y necesitado hacía violencia y al extranjero oprimía contra derecho. Busqué entre ellos un hombre que levantara una muralla y que se pusiera en la brecha delante de mí, a favor de la tierra, para que yo no la destruyera; pero no lo hallé» (Ez 22,29-30).

- Dios no hará lo que nos corresponde a nosotros. Es cierto que tenemos a Jesucristo intercediendo continuamente en la presencia del Padre, pero no hará nuestro trabajo, sino que a nosotros, injertados en Él, nos corresponde hacer nuestra parte.

- La intercesión puede modificar los planes de Dios. El anterior texto de Ezequiel es un ejemplo de esto pero también podemos leer el siguiente del profeta Amós: « Esto me mostró el Señor: Cuando apenas comenzaba a brotar la siembra tardía, la que se hace después de la cosecha del rey, vi al Señor creando langostas. Y cuando las langostas ya estaban comiéndose hasta la última hierba, dije: ¡Señor, perdónanos! ¿Cómo va a resistir tu pueblo Jacob, si es tan pequeño?. Entonces el Señor desistió de su propósito y dijo: ¡Eso no sucederá!» (Am 7,1-3)

-Para tener éxito en la intercesión hay que orar adecuadamente. Cuando hablo de darle permiso no estoy poniendo al hombre por encima del Señor. Él lo ha querido así como respeto a la libertad que nos ha concedido según la ley establecida. Cuando invoquemos a Dios debemos hacerlo con respeto, humildad, sumisión, santidad, adoración… «La comunidad estaba de rodillas, en actitud de adoración, mientras el coro cantaba y los sacerdotes tocaban las trompetas» (2Cr 29,28). No olvidemos nunca quien es Él y quienes somos nosotros.

- Para tener éxito en la intercesión hay que orar según la voluntad de Dios. Para ello es importante saberle escuchar. Si se pide algo que no entra en sus planes no se realizará, aunque pudiera parecer la mejor solución. Y mucho menos si se intenta manipular el poder de Dios. Pedir bien es importante. Aquí también entraría el problema de las intercesiones realizadas de forma rutinaria, formalista, egoísta, orgullosa, con escasa fe, sin convicción, sin comunión con Dios, etc… Respecto a la oración mal hecha la Palabra de Dios nos dice: «Pedís y no recibís porque pedís mal» (St 4,3).

lunes, 21 de marzo de 2016

INDULGENCIA PLENARIA. Año de la Misericordia



En este año de la misericordia se menciona constantemente la palabra Indulgencia en las iglesias y fuera de ellas, sobretodo en ambientes cristianos. Se trata de una Gracia que Dios pone a nuestro alcance. Aunque también la palabra indulgencia puede causar, y a veces así sucede, una cierta controversia al recordar hechos históricos abusivos en este sentido. Además, son muchos los cristianos que rechazan tal doctrina basándose en la ausencia de textos bíblicos explícitos tratando, no sólo este tema sino también el del purgatorio. Realmente, es la Tradición y el Magisterio de la Iglesia los que han aportado el mayor desarrollo teológico en este sentido.

Nosotros, los católicos, debemos acoger con amor y confianza las disposiciones del Magisterio aunque no tengamos un dominio sobre su comprensión y origen, ya que, en definitiva, todo está orientado a procurarnos la entrada en el Cielo, a pesar de todas nuestras infidelidades a Dios. Pero, que no entendamos bien las cosas o nos falte formación para su comprensión no nos exime de poder buscar información y de aprender más y más cada día.

En este sentido, cuando empezó el año de la Misericordia y la palabra Indulgencia resonaba por doquier, quise entender mejor su significado. Para ello me dirigí a las fuentes: CIC (1471-1479), Derecho Canónico (992 -997) e Indulgentiarum Doctrina, de Pablo VI. A parte, numerosos artículos eclesiales, opiniones y otros documentos de menor relevancia. Al final, todos los documentos encontrados desarrollaban, de una manera u otra, el canon 992 del Derecho Canónico: «La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones, consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los Santos».

Lo que la Doctrina de la Iglesia viene a decirnos es que cuando pecamos aparecen la culpa y la pena:
- La culpa. Al pecar transgredimos la Ley de Dios, le ofendemos y despreciamos el infinito amor de Dios. Todo ello nos hace culpables y nos separa de Él.

- La pena. Cuando hacemos algo malo destruimos, desfiguramos,  deterioramos o perjudicamos algo perteneciente a Dios, lo cual debemos restituir de alguna manera. Si no podemos, debemos pagar con una pena impuesta como compensación. Si el pecado es grave la pena es eterna, y si es venial la pena es temporal.


Ahora bien, cuando nos arrepentimos y confesamos nuestro pecado, restituimos la comunión con Dios y cancelamos cualquier pena eterna derivada del pecado. Pero, por lo visto,  de la pena temporal no nos libramos. Este lenguaje me hace recordar un viejo dicho: ¡Quien la hace la paga!. Es decir, Dios nos perdona librándonos de la condenación eterna pero algo hay que pagar, mediante algún tipo de pena temporal, a causa del mal ocasionado. Pensemos que «todo pecado lleva consigo la perturbación del orden universal, que Dios ha dispuesto con inefable sabiduría e infinita caridad, y la destrucción de ingentes bienes tanto en relación con el pecador como de toda la comunidad humana» (ID 2). Es decir, nos hacemos daño a nosotros mismos, a los demás y a la Creación de Dios. Además la Indulgentarium Doctrina nos dice: «es necesario para la plena remisión y reparación de los pecados no sólo restaurar la amistad con Dios por medio de una sincera conversión de la mente, y expiar la ofensa inflingida a su sabiduría y bondad, sino también restaurar plenamente todos los bienes personales, sociales y los relativos al orden universal, destruidos o perturbados por el pecado, bien por medio de una reparación voluntaria, que no será sin sacrificio, o bien por medio de la aceptación de las penas establecidas por la justa y santa sabiduría divina, para que así resplandezca en todo el mundo la santidad y el esplendor de la gloria de Dios» (ID 3).

                Mediante la Indulgencia Plenaria podemos quedar totalmente liberados de la pena que debemos sufrir para satisfacer la justicia divina, ya sea en esta vida o en lo que los católicos llamamos Purgatorio.

                Hasta aquí he expuesto una breve síntesis de lo que la Doctrina de la Iglesia Católica enseña. Las palabras y expresiones utilizadas en los documentos evocan a un pasado medieval inmerso en un lenguaje de justicia y castigo. A continuación expongo algunos puntos con una perspectiva ampliada para intentar entender, desde un ensayo personal, este lenguaje aparentemente duro:

1. La pena como restauración. Ciertamente, cuando pecamos causamos un deterioro en nosotros, en nuestros hermanos y en la misma creación, alterando el orden cósmico creado por Dios. El pecado es algo muy grave, mucho más de lo que podamos imaginar, ya que ofendemos a Dios y atacamos directamente su creación, causando destrucción en cosas que Él ha creado con su infinito amor.
Dios nos ha hecho a su imagen y semejanza, más con el bautismo, abandonamos el hombre viejo para convertirnos en una nueva creación (cf. Rm 6). Es decir, las imperfecciones, taras y distorsiones causadas por el pecado original más las del pecado personal, desaparecen en el momento del bautismo. Pero, la vida sigue y los pecados vuelven a aparecer, de manera que volvemos a desfigurar la imagen de Cristo en nosotros. Es decir, perdemos la santidad a la cual Dios nos llama (cf. Lv 11,45; 1Pe 1,16). Más aún, el Señor exige santidad para poder entrar en su Reino (cf. 1Te 3,13; Ap 7,14; Ap 21,27).
Cuanto más pecamos, más nos desfiguramos, y por tanto se dilata el camino hacia la santidad imprescindible para llegar al cielo, de manera que el proceso necesario para la purificación, llamado pena, también será mayor.
La palabra pena no debería ser tomada como algo referente a una condena o a sufrimientos impuestos como contrapartida al mal causado, entendiendo que una vez sufrido lo suficiente ya estaríamos listos para entrar en el Cielo. Considero que la pena debe tomarse como un proceso mediante el cual Dios nos extirpa todo rastro de imperfección para así poder entrar en su Reino, donde sólo puede habitar la perfecta santidad. Lo que sucede es que tenemos tan arraigado el pecado y nos han afectado tanto sus consecuencias que cuando el Señor trata de eliminar su rastro debe arrancar cosas como: el amor propio, el orgullo, las seguridades, las sensualidades, las divinidades, etc… Podríamos decir que se trata de malas hierbas cuyas raíces pueden ser más o menos profundas. Al arrancarlas desgarran el terreno, y claro, cuanto más profundas sean sus raíces más desgarro producen. Algo similar sucede cuando Dios quiere desarraigar de nuestro corazón todo rastro de imperfección causado por el pecado. Hay cosas como la soberbia y el amor propio, entre otras, con raíces tan profundas que extirparlo supone tal rotura interna que genera sufrimiento y dolor. Sobre todo porque la tierra dura de nuestro hombre viejo no quiere soltarlo.

2. Necesitamos reconstruirnos. Sabemos que «del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias» (Mt 15,19). Todo esto y mucho más nos desfiguran de tal manera que nuestra imagen y semejanza de Dios queda muy dañada, como ya sabemos. En este estado, nuestra entrada en el Reino de Dios es imposible. Somos un vaso roto, o quizás ya hecho pedazos, a causa de nuestras rebeldías (cf. Is 30,14) y en el Paraíso no hay nada roto. Llegados a este punto la única solución es la reconstrucción.
«Los fariseos dijeron a los discípulos: ¿Por qué vuestro maestro come con recaudadores y pecadores? Él lo escuchó y contestó: No tienen necesidad del médico los sanos, sino los enfermos. Id a aprender lo que significa: Misericordia quiero y no sacrificios. No vine a llamar a justos, sino a pecadores.» (Mt 9,11-13). Con este fragmento bíblico podemos interpretar que Jesús es el médico que viene a sanarnos, es decir, a reconstruir su rostro desfigurado en nosotros por causa del pecado. Viene lleno de amor y misericordia porque «quiere que todos los hombres se salven» (Tm 2,4). Así como nosotros acudimos al médico con pequeñas y grandes enfermedades, Jesús viene a nosotros, pecadores, y nos encuentra con diagnósticos de distinta gravedad. A unos les basta con tratamientos sencillos, mientas que a otros hay que operar de urgencia con métodos agresivos para poderlos salvar.  Y claro, el sufrimiento, así como el tiempo de recuperación, varía en función de la intervención necesaria para extirpar todo el mal y sus raíces. Algo parecido ocurre con nuestra situación espiritual. Necesitamos ser reconstruidos con los procedimientos adecuados que sólo Dios conoce para cada caso en particular.

3. Necesitamos purificarnos. Dios «nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor» (Ef 1,4). Sí, para ser santos e inmaculados. Otra imagen que la Biblia nos ofrece es la purificación del oro y la plata: «los purificaré como se purifica la plata, los probaré como se prueba el oro. El invocará mi Nombre, y yo lo escucharé; yo diré: «¡Este es mi Pueblo!» y él dirá: «¡El Señor es mi Dios!» (Za 13,9). En el bautismo nos convertimos en el oro más fino y puro que pueda existir, pero como ya sabemos, durante el transcurso de la vida nos vamos llenando de suciedad, impureza, corrupción, etc. La Biblia menciona una herramienta muy utilizada para purificar estos metales preciosos: el crisol. Allí, se alcanzan altas temperaturas para separar la suciedad e impurezas del oro. Esta imagen quizás no sea muy atractiva pero recordemos que Job deseaba pasar por el crisol del sufrimiento para llegar a ser como el oro fino (cf. Jb 23,10). Dios nos lleva por caminos que se convierten en crisoles personales para purificarnos y extraer toda contaminación de nuestro ser. En el libro del profeta Daniel, Dios nos dice: «algunos caerán para ser purificados en el crisol, lavados y blanqueados para los últimos tiempos» (Dn 11,35). Toda ocasión y situación, incluso nuestras caídas, puede ser aprovechada por Dios para acrisolarnos.


Llegados a este punto, creo que ya sabemos que necesitamos ser restaurados, reconstruidos y purificados para poder acceder al Reino de los Cielos. Todo este gran proceso se inicia en esta vida. De hecho empieza cuando comenzamos a pecar. Si con todos los años de nuestra vida no ha sido suficiente para poder llegar a ser lo suficientemente santos e inmaculados, entonces será necesario continuar el proceso después de la muerte en un lugar de espera y transformación. Cuando la Iglesia, por los méritos de Cristo, nos ofrece la Indulgencia Plenaria está utilizando el poder que Dios le ha otorgado para realizar el gran milagro de liberarnos del tiempo de espera y transformación, o pena, después de la muerte, ya que todo ello se realizaría de forma inmediata en el momento morir. No obstante, mientras vivimos en este mundo deberemos seguir luchando y purificándonos. La indulgencia no tiene por qué extraer las raíces del pecado, al menos no he visto que los documentos hablen de algo parecido, únicamente nos libra de la famosa pena del purgatorio. Pero, como lo más normal es que sigamos vivos, una vez recibida la indulgencia, es necesario que la guerra contra el pecado continúe. Con la confesión sacramental, el esfuerzo, el sacrificio, la perseverancia en la oración y la fe en el poder de Dios que todo lo puede con la acción de su Espíritu podemos obtener grandes victorias, derrotando el pecado y eliminando sus raíces. Dios Libera, sana, restaura, reconstruye y purifica cuando nos acercamos a Él y dejamos que nos transforme.

Si morimos inmediatamente después de obtener la indulgencia iríamos directos al cielo. Eso sí, hay que obtenerla con las debidas disposiciones y sobretodo con el inmenso deseo de amar a Dios sobre todas las cosas, totalmente arrepentidos y quebrantados por nuestros pecados. No se trata únicamente de seguir las instrucciones de la iglesia como algo mecánico, o como una fórmula mágica, sino que debemos aprovechar el gran momento que nos ofrece Dios por su Iglesia para hacerlo todo dando lo mejor de nosotros, sin piedad con el pecado y con el máximo esfuerzo. Como norma general, para ganar la indulgencia es preciso tener en cuenta lo siguiente:

«1. La indulgencia plenaria sólo se puede obtener una vez al día. Pero, para conseguirla, además del estado de gracia, es necesario que el fiel:
- tenga la disposición interior de un desapego total del pecado, incluso venial;
- se confiese sacramentalmeпte de sus pecados;
- reciba la sagrada Eucaristía (ciertamente, es mejor recibirla participando en la santa misa, pero para la indulgencia sólo es necesaria la sagrada Comunión);
- ore según las intenciones del Romano Pontífice.
(- En este año de la Misericordia, además, es necesario visitar alguno de los lugares donde exista una puerta santa, la cual se deberá atravesar)
2. Es conveniente, pero no necesario, que la confesión sacramental, y especialmente la sagrada Comunión y la oración por las intenciones del Papa, se hagan el mismo día en que se realiza la obra indulgenciada; pero es suficiente que estos sagrados ritos y oraciones se realicen dentro de algunos días (unos veinte) antes o después del acto indulgenciado. La oración según la mente del Papa queda a elección de los fieles, pero se sugiere un «Padrenuestro» y un «Avemaría». Para varias indulgencias plenarias basta una confesión sacramental, pero para cada indulgencia plenaria se requiere una distinta sagrada Comunión y una distinta oración según la mente del Santo Padre.» (El don de la Indulgencia. www.vatican.va)

Considero que el tema principal ya ha sido tratado y espero haberme explicado correctamente, pero me gustaría abordar dos puntos más que también considero importantes, los cuales están íntimamente relacionados con el tema de las indulgencias: ¿por qué debemos sufrir?; ¿Cómo funciona el tema de los méritos de Cristo y de los santos?. Intentaré desarrollarlo próximamente.

Que el amor de Dios llene vuestros corazones. Dejemos al Espíritu Santo, que habita en nuestros corazones, que nos transforme y purifique con su poder. Cuanto más le dejemos hacer, cuanto menos nos resistamos, más rápidamente avanzaremos por el camino de la santidad.

Dios te conceda la gracia de llegar al grado de restauración, reconstrucción y purificación suficientes en esta vida para no tener que esperar después de la muerte. 

domingo, 15 de noviembre de 2015

DIOS NO SIEMPRE HACE MILAGROS





“La gente de este tiempo es malvada. Pide una señal milagrosa, Pero no se le dará otra señal que la de Jonás. Porque así como Jonás fue señal para la gente de Nínive, así también el Hijo del hombre será señal para la gente de este tiempo. En el día del juicio, cuando se juzgue a la gente de este tiempo, la reina del Sur se levantará y la condenará; porque ella vino de lo más lejano de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y lo que hay aquí es más que Salomón. También los habitantes de Nínive se levantarán en el día del juicio, cuando se juzgue a la gente de este tiempo, y la condenarán; porque los de Nínive se convirtieron a Dios cuando oyeron el mensaje de Jonás, y lo que hay aquí es más que Jonás” (Lc 11, 29-32).

La Palabra del evangelista Lucas, aun teniendo 2000 años, presenta una realidad totalmente actual. Verdaderamente existe mucha maldad en la humanidad, y muchas personas que actúan sin sinceridad ni buena intención, buscan fenómenos paranormales, hechos extraordinarios, sobrenaturales, misteriosos, etc… Si en algún lugar ocurre algo de esto, allí acuden cientos o miles de personas atraídas por la curiosidad o el espectáculo.

            Jesús hacía milagros y esto producía un efecto llamada, también, de personas que no buscaban el buen camino, sino sólo espectáculo. Hoy en día, Jesús sigue haciendo milagros, y allí donde se producen, a través de instrumentos elegidos por Dios, podemos encontrar varios tipos de personas:

  • Seguidores de Jesús, comprometidos con la Palabra de Dios y la Iglesia. Personas de oración.
  • Alejados de la iglesia o inconversos que buscan la Verdad y tienen un corazón abierto.
  • Miembros estériles de la Iglesia de Jesús. Personas que no quieren comprometerse, no oran, no se esfuerzan por obedecer los mandatos de Dios, pero están inscritos en un registro eclesial.
  • Curiosos, buscadores de espectáculos, periodistas o científicos sin intención de abrir su corazón.
  • Instrumentos del diablo con pretensión de hacer daño.


Existe un amplio abanico de posibles disposiciones personales de los testigos de milagros. Lo lastimoso es que demasiadas personas se conforman con las señales extraordinarias externas que hayan podido encontrar, ya sean de Dios o no, y una vez han tenido esa experiencia siguen su camino de perdición. Más aún, para encontrar cosas extraordinarias y sobre humanas, se introducen en lugares y prácticas que les perjudican mucho más de lo que podrían llegar a imaginarse.

A Jesús le pidieron milagros muchas personas. Algunos lo obtuvieron, pero en este caso Jesús responde duramente. ¿Por qué?. Considero que podría ser por alguna de estas razones:

  • Jesús no vino a satisfacer la curiosidad de nadie sino a cumplir una misión, por la cual sanó muchos enfermos y liberó endemoniados, cuando se reunieron las condiciones necesarias para ello, entre las que no figuraba la curiosidad.
  • Jesús no trabaja en un circo ni en un supermercado para dispensar milagros bajo demanda.
  • Jesús no es un curandero, ni tiene curanderos a su servicio. Cuando realiza un milagro es por amor, no pide dinero a cambio y respeta siempre la libertad de la persona.


Quien es tocado por Dios de alguna forma extraordinaria siempre sale ganando y obtiene beneficios espirituales. Nunca encontrará en Dios nada que pueda perjudicarle.

Desde un punto de vista racional, y sin pretender llegar a comprender el actuar de Dios que supera toda racionalidad, me atrevería a mostrar varias posibilidades por las que Dios puede decidirse a realizar milagros:

  • Para producir conversión en la persona que lo recibe, en los que lo presencian o en aquellos que reciben el testimonio. De manera que puede darse en personas alejadas de Dios, y gracias a esta experiencia su vida de un giro hacia la fe en Cristo Jesús. En este caso sucede como cuando Jesús obraba en las multitudes que iban como ovejas sin pastor, abatidas, maltrechas, perdidas.
  • Cuando existe la fe suficiente en el afectado o en aquellos que interceden por él.
  • Cuando quiere manifestar su Poder y su gloria. Él es Dios y tiene todo el poder y autoridad. Él es el Rey de reyes y el Señor de señores y su reino está establecido en la Tierra. Pero estas manifestaciones no son de ostentación sino de declaración, de transmisión, de entrega, de amor, de misericordia. Todo esto, normalmente, sucede en una comunidad orante, o en casos especiales en o a través de una persona también de oración.


En la actualidad, ¿Cuál es el deseo más generalizado entre las personas del mundo? Me atrevería a decir que el consumismo y el espectáculo sin compromisos ni esfuerzos. Con la fe puede suceder algo parecido. Muchos se acercan a Dios únicamente para intentar conseguir cosas y favores, incluso intentan comprárselos mediante sacrificios autoimpuestos, promesas, o cualquier otra cosa, como si de una transacción se tratara (consumismo). También tenemos los que van a las asambleas, retiros, supuestas apariciones y todo lo que “huela” a extraordinario para ver el “espectáculo”.  Estas personas pretenden controlar a Dios, obteniendo lo que desean en el momento que ellos quieren, o les gusta utilizar a Dios para satisfacer su curiosidad. Pero en ambos casos no hay un deseo de conversión verdadero, ni de comprometerse con Dios.

El Señor, lo que más desea es que nos acerquemos a Él, que estemos con Él, que le contemos nuestras cosas  y que le escuchemos. Nos tiende la mano para que nos convirtamos y nos unamos a Jesús como el sarmiento a la vid. Unidos a Él, en Cristo, podemos penetrar en las estancias divinas y presentarnos ante el Padre, podemos participar de la alabanza y adoración celestial. Podemos crecer en la vida virtuosa y beneficiarnos de infinitas bendiciones espirituales. Además podemos participar del poder y la fuerza de Dios, por medio de su Espíritu. Si los milagros no nos acercan a Dios, si no nos cambian, algo no hemos entendido, o no queremos entender.

A este acercamiento, diálogo y comunión con Dios lo llamamos oración, la cual puede tener múltiples formas, y de la que San Pablo en la carta a los Efesios cap. 3, nos ofrece una visión de lo que nos aporta:

  • Hace que Cristo viva en nuestro corazón por la fe.
  • Nos implanta en el Amor de Dios.
  • Nos lleva a conocer y comprender cuán ancho, largo, profundo y alto es el amor de Dios. Un amor mucho más grande de lo que podamos llegar a imaginar.
  • Nos llena totalmente de Dios.
  • Finalmente, Dios nos concede muchísimo más de lo que podamos pedir o pensar, por medio de su poder que actúa en nosotros.


Dios desea que le busquemos con fe,  sinceridad, humildad, arrepentimiento, con todo nuestro amor y con todas nuestras fuerzas. Si Ponemos en práctica todo lo que nos ha sido dado, Dios nos ayudará dándonos lo que nos falte. Pero sobre todo necesitamos pasar ratos a solas con Él. Debemos desear amarle más, morir más a nosotros mismos, a nuestro amor propio. Comprender  que todo es gracia, que no podemos hacer nada separados de Jesús. Debemos buscarle por amor, no por miedo ni por interés propio. Debemos buscar el progreso espiritual por amor a Dios, para estar más cerca de Él, para agradarle más, para darle una alegría, para que no sea yo, sino Cristo quien vive en mí, y en unión con Cristo y en Él, demos gloria a Dios, hablemos sus palabras, amemos con su amor, realicemos sus obras, porque será el mismo Jesús quien lo realice a través nuestro.

Ante todo esto podemos preguntarnos algunas cosas como estas:

  • ¿Cuándo hay que orar? Todos los días y si fuera posible a toda hora. Es imprescindible fijarse una hora al día para retirarse a estar en la presencia del Señor. Al principio puede costar un esfuerzo pero si se crea el hábito será más fácil mantenerlo
  • ¿Dónde hay que orar? En un lugar que podamos estar tranquilos. Dios está en todos los lugares.
  • ¿Cómo orar?. Básicamente es un diálogo. Podemos alabar, adorar, pedir, interceder, etc… Pero también debemos aprender a escuchar.



            He empezado hablando de los milagros y he acabado con la oración. Realmente el milagro más importante es nuestra transformación a imagen de Cristo, nuestra santificación. Solamente Dios puede realizarla, eso sí, si nos acercamos a Él.  La palabra de Lucas, del inicio, nos dice que los habitantes de Nínive se convirtieron después de que Jonás predicara, y la Reina del Sur atravesó desiertos para oír hablar a Salomón. Todo eso no es nada comparado con la venida de Jesús y con su presencia entre nosotros a través de su Espíritu. Tampoco es nada comparado con las obras poderosas y milagros de Dios. Quizás a nuestra generación también la juzgarán personas que con mucho menos se convirtieron y se entregaron sin medida a Dios para glorificarle y darle gracias.

martes, 1 de septiembre de 2015

TU HERENCIA ESPIRITUAL



«Has de saber, pues, que Yahveh tu Dios es el Dios verdadero, el Dios fiel que guarda la alianza y el amor por mil generaciones a los que le aman y guardan sus mandamientos» (Dt 7,9)
«nuestros padres pecaron: ya no existen; y nosotros cargamos con las culpas» (Lm 5,7).

           Una vez oí a una mujer predicadora decir que cuando ella muriera quería dejar como herencia a sus descendientes el hábito de leer la Biblia. Esto lo mencionó durante una enseñanza que trataba sobre las herencias espirituales. Es fácil observar como las personas nos esforzamos mucho en dar riquezas materiales a nuestros hijos o parientes para asegurarles el futuro material, pero muy pocas veces, o ninguna, se nos enseña sobre el valor y la importancia de las herencias espirituales. De hecho, es mejor ser pobre y entrar en el reino de Dios que ser rico y tener los pies en el infierno. Es más importante una buena herencia espiritual que una material, aunque pueden ser complementarias si en todo se busca hacer la voluntad de Dios y no nos alejamos de Él.

         De la misma manera que podemos dejar una herencia, también podemos recibirla. Ahora bien, en nuestras manos está cortar con lo malo que nos ha llegado y dejar cosas buenas a nuestros descendientes. Seguramente, todos tenemos esta buena intención en nuestro corazón. Pero las buenas intenciones no sirven para nada si no van acompañadas de hechos concretos. E incluso me atrevería a decir que los compromisos y hechos concretos muchas veces no dan los resultados esperados porque como dice la Palabra de Dios, «Pedís y no recibís porque pedís mal» (St 4,3).

     Probablemente, aquellas cosas que deseamos quitar, e incluso nos esforzamos en hacer desaparecer de nuestras vidas se resistan y vuelvan a renacer una y otra vez sin que entendamos por qué nuestros esfuerzos no dan resultado. Los motivos pueden ser varios, pero una de las posibilidades de fracaso puede proceder de una herencia espiritual de nuestros antepasados. Para tener una imagen más gráfica, imaginemos que nuestro corazón es un jardín precioso donde crecen plantas y flores hermosas, pero de repente emerge una planta, que nos perjudica, nos invade y estropea el jardín. No nos deja progresar espiritualmente, o incluso nos aleja de Dios. Si hemos tomado la decisión de seguir a Jesús y descubrimos la presencia de esta planta, seguramente haremos lo posible para cortarla y así librarnos de sus efectos negativos. Quizás con esto sea suficiente, pero quizás no. Todos conocemos que existen vegetales que aunque se corten de raíz, vuelven a brotar, siendo algunos verdaderamente complicados de erradicar. Esto sucede porque sus raíces se mantienen vivas. Aunque cortemos la parte visible, sus raíces no mueren. Lo mismo sucede con las herencias espirituales perjudiciales. Podemos eliminar la parte visible pero si no destruimos totalmente sus raíces, no nos libraremos de sus perjuicios de forma definitiva.

       ¿Qué cosas podemos heredar que nos afecten espiritualmente en el presente? Básicamente se trata de problemas, debilidades, enfermedades, limitaciones o pecados persistentes, cuyo origen y subsistencia no encuentran un razonamiento humanamente comprensible. Temas contra los que, aunque se luche y se controlen por un tiempo, no acaban de desaparecer y emergen o permanecen contra la voluntad de la persona. A veces la medicina moderna y la psicología aplican terapias para paliar o enmascarar el problema pero sin capacidad de solucionarlo definitivamente. Repito, que estos asuntos no tienen un origen exclusivo en temas intergeneracionales. Si los tuvieran, bajo discernimiento y oración deberían ser tratados como tales. Si no, deberían tener otro tratamiento.

         Para concretar un poco, a continuación ofrezco una lista, no exhaustiva, de estas cosas a las que me refiero, cuya procedencia generacional nos pueda perjudicar o condicionar de alguna manera: Negatividad, amargura, ira, murmuración y derivados de la lengua, mentiras, robo, asesinato, malos tratos, pecados y desviaciones sexuales, hechizos, brujería y cosas relacionadas con lo oculto y prohibido por Dios, divisiones, alcoholismo, suicidios, muertes prematuras en la familia, depresión, enfermedades mentales, limitaciones físicas o psicológicas, brutalidades, fracaso matrimonial, abusos, abortos, etc…

       No significa que nosotros estemos practicando alguna de estas cosas, pero sí podemos estar sufriendo algún tipo de opresión u obsesión con raíces en decisiones y hechos de nuestros antepasados. Aunque también puede ser que sí lo estemos realizando, sin entender muy bien por qué nos sentimos tan inclinados hacia algo que nos disgusta e incluso nos aparta de Dios, pudiendo llegar a hacer nuestras las palabras de Pablo: «No entiendo lo que hago, porque no hago lo que quiero, sino aquello que detesto» (Rm 7,15).

        No debemos olvidar que el Diablo aprovecha cualquier ocasión para perjudicarnos y alejarnos de Dios. Así pues, cuando se realiza un pecado, es decir un acto de rebeldía a Dios, cuanto más grave sea mayores consecuencias tiene, llegando a otorgar cierta autoridad y dominio al Diablo en nuestras vidas, llegando a poder hipotecar y condicionar la de nuestros descendientes. Es nuestro deber cortar con lo heredado que no proceda de Dios y luchar con las armas espirituales que Dios pone a nuestro alcance por una vida de santidad con hábitos cristianos, dignos de ser heredados por nuestros hijos. Y así, en lugar de tener inclinaciones y debilidades que les lleven a la condenación, hereden virtudes y dones que les lleven a glorificar a Dios eternamente.

«Tú que vives bajo la protección del Dios altísimo y moras a la sombra del Dios omnipotente,
di al Señor: "Eres mi fortaleza y mi refugio, eres mi Dios, en quien confío".
Pues él te librará de la red del cazador, de la peste mortal;
te cobijará bajo sus alas y tú te refugiarás bajo sus plumas; su lealtad será para ti escudo y armadura.
No temerás el terror de la noche ni la flecha que vuela por el día,
ni la peste que avanza en las tinieblas ni el azote que asola al mediodía.
Aunque a tu lado caigan mil, y diez mil a tu diestra, a ti no te alcanzarán.
Te bastará abrir los ojos, y verás que los malvados reciben su merecido,
ya que has puesto tu refugio en el Señor y tu cobijo en el altísimo.
A ti no te alcanzará la desgracia ni la plaga llegará a tu tienda,
pues él ordenó a sus santos ángeles que te guardaran en todos tus caminos;
te llevarán en sus brazos para que tu pie no tropiece en piedra alguna;
andarás sobre el león y la serpiente, pisarás al tigre y al dragón.
Porque él se ha unido a mí, yo lo liberaré; lo protegeré, pues conoce mi nombre;
si me llama, yo le responderé, estaré con él en la desgracia, lo libraré y lo llenaré de honores;

le daré una larga vida, le haré gozar de mi salvación» (Sal 91)

jueves, 21 de mayo de 2015

ESPÍRITU SANTO, TE NECESITAMOS

         


         Es muy importante estar llenos del Espíritu Santo en nuestros días porque estamos en un tiempo de dificultades, de engaño, de perversiones, de gran frialdad…, es decir de pecado en abundancia, sin límites y permitido, por doquier. Estamos rodeados de mal. Es como una plaga contagiosa donde solamente los más fuertes podrán resistir. ¿Quién nos da la fuerza y el poder para vencer?


          Jesús dijo a sus discípulos: «Mirad que no os engañe nadie. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: “Yo soy el Cristo”, y engañarán a muchos» (Mt 24,4-5). Así es el mundo de nuestros días. Vienen muchos, quizás no diciendo “yo soy el Cristo” explícitamente, pero si algo parecido como: aquí encontrarás la felicidad (Filosofías, prácticas religiosas no cristianas, esoterismo, etc…); no te preocupes, todo está bien (negación del pecado); Todo es lo mismo (sincretismo /religioso); Yo soy la solución (líderes políticos o religiosos, cristianos o no), etc… Hay multitud de mensajeros y mensajes falsos que atacan nuestra mente cada día. Esto puede causar una distorsión de la Verdad de consecuencias inimaginables. ¿Cuántas felicidades baratas se ofrecen cada día?, ¿Cuántos pecados son mostrados como fuente de felicidad? ¡Cuántas manipulaciones de la mente! ¿Quien nos trae la Verdad?

          Jesús dice: «Aumentará tanto la maldad, que el AMOR se enfriará en la mayoría. Pero el que permanezca firme hasta el fin, se salvará» (Mt 24,12-13). Con un simple razonamiento podemos discernir que si se enfría el amor entonces crecen las discordias, los odios, los maltratos y las traiciones. Porque el corazón del hombre siempre está lleno de algo, ya sea amor u otras cosas. De manera que si uno crece el otro disminuye. ¿Quién trae el amor a nuestro corazón?

        Todos estos peligros los encontramos en el Mundo, como lugar privilegiado para su libre desarrollo, como también dentro de la Iglesia, en mayor o menor medida. Pero lo más peligroso es que a veces se presentan de forma tan sutil que pueden pasar desapercibidos para la mayoría de las personas.

          Entonces, ante esta realidad, llena de dificultades, engaño, pecado, falta de amor, etc… Es decir, ante una realidad problemática, ¿De qué manera debería actuar un cristiano? Podría hacer lo siguiente (que de hecho es lo que está de moda):

1) Analizar la situación;
2) Convocar una reunión o una mesa redonda;
3) Exponer cada uno su punto de vista;
4) Intentar buscar un acuerdo que satisfaga a todas las partes, o al menos a la mayoría;
5) Fijar unos objetivos;
6) Convocar otra reunión. Si no se llega a un acuerdo, intentar no ser muy radical para no molestar a la otra persona, siempre buscando la paz y la harmonía.

        Y ¿Cuál es la solución que presenta Jesús para este tipo de situaciones? Él nos dice: «He venido a encender fuego en el mundo, ¡y cómo querría que ya estuviera ardiendo! […] ¿Creéis que he venido a traer paz a la tierra? Pues os digo que no, sino división.» (Lc 13,49.51). ¿Cómo es posible que Jesús diga que trae división si en el Evangelio de Juan hace una preciosa oración para la unidad y lo que desea es que estemos unidos? (cf. Jn 17).

        Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros. Jesús es la «luz que brilla en las tinieblas» (Jn 1,5). Esta Luz vino al mundo, pero no fue bien recibida (cf. Jn 1,11). Ahora bien, «a quienes le recibieron y creyeron en él les concedió el privilegio de llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1,12). Y «La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!» (Ga 4,6). Si somos Hijos de Dios hemos de saber que el mundo nos odiará y seremos perseguidos (cf. Jn 15,18). De hecho, Dios ciertamente ha venido a traer división porque al traer la luz, las tinieblas se rebelan. De manera que se produce división entre los que elijen la luz y los que prefieren seguir en las tinieblas. Esto es una guerra entre Satanás y sus aliados (mundo y carne), y Dios y sus aliados. Entre las tinieblas que han reinado en el mundo hasta la venida de Jesucristo y la Luz que trae la verdad y la vida.
Jesús ha venido a traer Fuego: el fuego del Espíritu Santo. Y dice que ¡cómo querría que el mundo estuviera ardiendo de ese fuego! Jesús está pensando en el momento del envío del Espíritu Santo a sus discípulos, de ese fuego santo que lo cambiará todo. Porque:

- El Espíritu Santo nos da la fuerza y el poder de Dios para combatir las fuerzas y el poder del mal (cf. Rm 15,18-19)

- El Espíritu Santo nos revela y nos hace entender la Verdad de Dios (cf. Jn 16,12-13)

- El Espíritu Santo nos llena del Amor de Dios, derramándolo en nuestros corazones (cf. Rm 5,5)

         Entonces, si estamos bautizados, tenemos al Espíritu Santo en nuestro corazón, pero, aun así, pregunto: ¿A quién nos parecemos más, a la gente del mundo o a un verdadero hijo de Dios? Realmente ¿en nuestra vida se manifiesta la fuerza y el poder de Dios? ¿Somos fieles a la Verdad, consecuentes con lo que decimos que creemos y aplicamos la Palabra de Dios en todos los aspectos de nuestra vida?¿Nuestro corazón está lleno del amor de Dios, o hay de todo y además muy desordenado?

        Pero…. ¿no estamos bautizados y tentemos al Espíritu Santo? Entonces, si no vivimos la plenitud de los hijos de Dios, es que algo está fallando. Pero, ¡Atención!, Dios nunca falla.

        Debemos tener en cuenta que no es lo mismo tener al Espíritu Santo en nuestro corazón que tener al Espíritu Santo controlando toda nuestra vida. Por eso es tan necesaria la Efusión de Espíritu, ya que de esta manera se le permite recuperar lo que le pertenece porque Jesús lo ha comprado a precio de sangre pero nosotros se lo hemos vuelto a arrebatar, impidiendo que el Espíritu Santo obre como le gustaría. La efusión del Espíritu es la oportunidad que le brindamos para “ganar terreno” en nuestro corazón, para reconquistar aquello que nosotros, como consecuencia de nuestro pecado y alejamiento, de nuestros miedos, de nuestras heridas, etc., le hemos ido quitando, y por tanto hemos ido limitando y bloqueando su obra en nosotros.

      Lo cierto es que si no dejamos al Espíritu Santo obrar en nuestra vida como le plazca nos hacemos vulnerables a los ataques de nuestros enemigos y limitamos nuestro desarrollo espiritual, con todo lo que esto conlleva, como puede ser la escasez de carismas. Y si dejamos al Espíritu Santo realizar su obra en nosotros, ¿Qué puede suceder? Cosas como estas:

- Una profunda percepción de la presencia y del amor de Dios y del Señorío de Jesucristo
- Un crecimiento de la intimidad con Dios en la oración, así como mayor fidelidad a la misma.
- Mayor hambre de la Palabra de Dios y de los sacramentos
- Mejor entendimiento de la Palabra de Dios.
- Nuevas fuerzas y deseos de dar testimonio con poder y valentía
- Crecimiento de los frutos del Espíritu Santo (paz, amor, alegría, gozo…)
- Manifestaciones de dones carismáticos. Sobretodo el don de lenguas
- Una mejor percepción y experiencia de los impulsos y la guía del Espíritu Santo
- Percepción de la realidad del combate espiritual
- Llamada a la purificación y a la santidad. Mayor sensibilidad al pecado
- Necesidad de servir a los demás, de amar, de interceder…

¿Cómo podemos tener una efusión de Espíritu provechosa?

1. Arrepintiéndonos de nuestro pecado y reconciliándonos con Dios.
2. Perdonando a nuestros enemigos
3. Amando a Dios y poniéndolo en el primer lugar.
3. Teniendo la firme voluntad de obedecer la Palabra de Dios.
4. Haciendo morir a nuestro Yo para que el Espíritu Santo gobierne nuestra vida.
5. Deseando de todo corazón al Espíritu Santo
6. Confiando en el Espíritu Santo y desterrando todos los miedos
6. Pidiendo a Dios la llenura del Espíritu santo


¿Estáis dispuestos para lo que el Espíritu Santo quiera hacer en vosotros?
¿Estáis dispuestos a que el Espíritu Santo guíe vuestras vidas?
La Biblia nos dice que «todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios» Rm 8,14.

Oración:

Señor, tú dices en tu Palabra: «Todos los que tenéis sed, venid a beber agua» (Is 55,1). Queremos decirte, Señor, que tenemos sed de tu Espíritu. Deseamos que hoy se cumpla tu palabra y envíes al Espíritu Santo para que realice su obra en nosotros. Porque tú nos dices: «Os aseguro que el Padre os dará todo lo que le pidáis en mi nombre. […] Pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa» (Jn 16,23-24). Y nos recuerdas que si nosotros que somos malos, sabemos dar cosas buenas a nuestros hijos, «¡Cuánto más el Padre que está en el cielo dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!» (Lc 11,13). Por eso, te pedimos Padre, en el nombre de Jesús que envíes tu Espíritu Santo sobre cada uno de los que estamos aquí para que podamos recibir una fructífera efusión de tu Espíritu. Te pedimos, Señor, que vuelvas a pronunciar con tus labios aquellas palabras que dirigiste a tus Apóstoles, esta vez sobre nosotros: «Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20,22). Amén.