Adoración: Tema 4

4. ¿DESEA DIOS NUESTRA ADORACIÓN?

            Sabemos que a veces se habla de adoración. Podríamos encontrar numerosas predicaciones exhortándonos sobre la importancia y necesidad de adorar a Dios. Lo podemos encontrar como un mandato imprescindible para el buen funcionamiento de cualquier iglesia. Es decir, alguien podría decirnos que si no nos sometemos al Todopoderoso y le adoramos con total entrega las cosas no van a funcionar. Y si buscamos referencias en la Biblia de mandatos de adoración encontraríamos muchos.
           
            Pero, realmente, ¿desea Dios nuestra adoración?. Lo diré de otra manera. Dios no necesita nada y está completo en sí mismo, en cambio creó al hombre para que lo adorara, pero ¿Necesita Dios a la criatura?.  Parece una tontería de pregunta, sin embargo podríamos encontrar muchas personas inclinadas a pensar que detenerse para adorar a Dios es una pérdida de tiempo. Imaginémonos una escena en la que un mendigo rudo, malhablado, enfermo, maloliente, sucio, etc... quiere ser recibido por un pastor cristiano. El pastor, es posible que no desee atender a esa persona, ya que va a ser algo desagradable para él. Pero, movido por la caridad cristiana y en vistas a producir un bien en el mendigo, decide recibirlo. Alguien podría comparar esto con nuestros encuentros con Dios. ¿Desea Dios nuestra adoración o nos recibe sólo por caridad? Cuando nos acercamos a Él, sucios por el pecado, enfermos, sin saber como hablarle correctamente, sin saber cual es la postura adecuada (porque cada denominación cristiana tiene sus normas y no nos aclaramos), etc... ¿No sería lógico pensar que Dios no desea ese encuentro pero nos atiende sólo para ayudarnos movido únicamente por un compromiso de caridad que él mismo se ha impuesto?. Esta sería la visión de un Dios que nos redime a distancia manteniéndose en su mundo y nosotros en el nuestro sin entremezclarse con gentuza como nosotros.
           
            Ciertamente, la realidad tendría que ser esta. El Santo en su lugar y nosotros los pecadores en el nuestro. Dios se compadecería de nosotros y, de alguna manera, nos salvaría por pena y nada más. Aunque si nos analizamos seriamente, viendo nuestra miseria, soberbia, desobediencia reincidente, etc... no mereceríamos ni eso.
           
            Pero a Dios no le condiciona la lógica humana y realiza algo sorprendente: se hace hombre y habita entre nosotros (Jn 1). Y uno piensa, ¿cómo puede haber convivido con toda nuestra porquería?. No puede caber en nuestra limitada mente, la infinita distancia que separa su santidad de nuestro pecado. Y aún así ha querido venir. Y nos dice cosas como: «he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). Mucho tiempo antes de esto, Dios paseándose por el Edén «llamó al hombre y le dijo: ¿dónde estás?» (Gn 3,9). Por lo tanto, a Dios le importa el hombre y toma la iniciativa para encontrarse con Él. Mucho más aún, «Dios es amor» (1Jn, 4,8), «mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» (Rm 5,8).
           
            Si el Señor se ha tomado tantas molestias para venir a nuestro encuentro, saltándose toda lógica razonable humana y asumiendo, sin importarle, todas las molestias incluida la muerte, entonces podemos pensar y creer que Dios desea encontrarse con nosotros. Más aún, desea nuestra adoración. Momento en que nos abre su puerta y nosotros le abrimos la nuestra.
           
            Dios ha puesto en nosotros algo que le complace. Esta hermosura le pertenece. Y a todos aquellos que han acogido a Jesús sinceramente en su corazón y han creído en él, se les ha concedido ser hijos de Dios (cf. Jn 1,12). No vamos a desarrollar ahora la profundidad de ser hijo de Dios, pero esto es algo maravilloso. Ante esta verdad ¡cómo un Dios-Padre con un amor infinito hacia sus hijos no va a desear estar con ellos!. Si somos hijos suyos significa que llevamos en nosotros cualidades divinas, que debemos desarrollar, las cuales le complacen. Cuando nos encontramos con Dios en la adoración su amor divino, con todo lo que implica, está en constante movimiento de él hacia nosotros, sus hijos, y de nosotros hacia él. Y al Señor le agrada mucho este movimiento familiar de su amor, sino díganselo al Espíritu Santo.
           
            Ahora podemos llegar a la conclusión de que Dios desea nuestra adoración, no sólo porque en ella nos restaura, sino también porque se complace en nosotros, sus hijos. Mejor dicho, en la adoración, a través de nuestra libertad, le damos aquello que él ha puesto previamente en nosotros (toda virtud, frutos, capacidades, etc… coronados por el amor) y rechazamos, sometiéndolo a sus pies, todo lo que aún nos aleja de ser verdadera imagen de Jesucristo. Dios desea nuestra adoración cuando se hace en espíritu y en verdad, porque en ella el Espíritu Santo se mueve sin obstáculos y se realiza su voluntad. El Amor se encuentra con sus “amorcitos” y se goza en ellos.
           
            No debemos dar cabida a falsos argumentos de cristianos equivocados puesto que Satanás quiere hacernos creer que al Señor Dios no le interesa nuestra adoración, y hará lo que esté en sus manos para que nos alejemos de ella. Si tanto nos cuesta vencer la carne, encontrar un lugar y un tiempo para adorar, si hay que superar tantas dificultades para convencer a los responsables de las iglesias para que se adore, entonces es que algo grande y poderoso fluye de la adoración, y el enemigo no quiere que lo descubramos.
           
            Toda iglesia debería poner la adoración en primer lugar y no como algo secundario, o simplemente inexistente. Y todos deberían participar de la adoración, empezando por el pastor, sacerdote, responsable, etc... Los cultos de adoración no son espectáculos ni concesiones a algunos creyentes pesados que lo han pedido. Créanme, esto sucede y seguramente muchos ya lo hayan vivido. La adoración es el motivo pleno de la existencia del hombre. Es el motivo por el que venimos a la vida, y por el que nacemos de nuevo; es el porqué de las iglesias.
                       
            La Iglesia pudo conquistar al mundo porque era gozosa y sobretodo porque eran adoradores. Cuando la Iglesia en cualquier generación deja de ser adoradora, su obra se vuelve vacía y sus rituales sin sentido. ¿Su iglesia está vacía? Analice cuanto tiempo hace que no se produce verdadera adoración en ella y solo se vive de rituales. Dios quiere que le adoremos, desea nuestra adoración. Cuando una iglesia pierde su amor a la adoración, y por tanto a Dios, enferma. Analicen ustedes mismos....
           

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