Adoración: Tema 6

Emociones, sentimientos y ADORACIÓN


Las personas somos algo muy complejo. Cuando nuestro ser experimenta algo se producen una serie de respuestas. Algunas son espontáneas y por lo general no se pueden controlar, y otras son más reflexivas.  Por ejemplo, si me subo a una montaña rusa experimentaré sensaciones emocionantes como un acto reflejo a todo lo que sucede, que aunque quiera no podré controlar. Estas pueden ser positivas o negativas, dependiendo de cada individuo, ya que unos disfrutarán y otros pasarán miedo. Si quiero volver a subir, mientras estoy en la cola esperando mi turno, puedo estar pensando en lo que he vivido y tener un sentimiento de euforia o alegría, o bien, de miedo; dependiendo de cómo haya respondido a la primera vez.  Con este ejemplo podríamos generalizar a muchas otras cosas que nos afectan emocional y sentimentalmente. Normalmente, cuando nos referimos a emociones se trata de respuestas automáticas, como un acto reflejo de nuestro ser a algo que nos afecta en ese momento; mientras que en los sentimientos interviene el intelecto de la persona. La emoción es algo inmediato. El sentimiento puede ser inmediato y diferente en cada persona según la preparación y análisis previo que se haya tenido respecto al acontecimiento experimentado, o, también puede ser  la consecuencia dilatada de lo vivido, una vez se ha analizado por el intelecto. No se si ha quedado claro o no. Lo principal es que ante ciertas situaciones nuestro ser reacciona con emociones o sentimientos, llamadle como lo entendáis mejor.

Y, ¿qué tiene que ver esto con la adoración?. La adoración es el acontecimiento más grande que una persona puede vivir. Estamos cara a cara con Dios. Y cuando estamos ahí, ¿qué sucede?. Nuestro ser debería reaccionar de alguna manera ante tanta majestuosidad.  Cuando alguien acude a un lugar donde se adora a Dios pueden surgir diversos tipos de experiencias. Algunas de ellas pueden ser: gozo, paz, alegría, sentirse amado y acompañado. También se le pueden poner a uno los pelos de punta de la emoción del momento, se puede sentir calor, frío... Incluso no se puede sentir nada especial, e incluso puede uno aburrirse y estar incómodo hasta el punto de querer marcharse. Es importante saber discernir las experiencias, sobre todo si son negativas. Dios no nos va a dar nada negativo.

Cuando nos ponemos ante la presencia de Dios debemos abandonarnos a él y dejarle hacer en nosotros. Y nosotros somos cuerpo, alma y espíritu. Lo cual significa que Dios puede tocarnos en cualquiera de estas tres dimensiones o solamente en alguna de ellas. Si lloro de emoción ante la presencia de Dios porque siento que su amor me está transformando es algo bonito y normal, si Dios así lo desea. Los sentimientos no deben ser lo fundamental ni lo que guíe nuestro comportamiento, pero como seres humanos tenemos sentimientos y emociones, y es normal tenerlos, ya que eso significa que estamos vivos. Por tanto es normal que la verdadera adoración afecte a los sentimientos. De todas formas, la adoración no está limitada a las emociones ni sentimientos, sino que es una actitud interna. Es decir, decido adorar a Dios y lo hago, experimente o no cosas especiales. Nuestro amor y admiración por Dios no debe ser algo condicionado a las vivencias, o únicamente como agradecimiento de lo recibido, sino que hay que superar esta barrera y llegar a amarlo y adorarlo por ser quien es.

Cuando te acerques a Dios con un corazón de adorador no le pongas límites, ¡déjate fascinar por él!. Tenemos que aprender a superar los límites que le ponemos a Dios, como por ejemplo: qué dirán los otros, esto nunca se ha hecho así, lo tengo todo estructurado a mi manera, mi esquema en la adoración es igual desde hace 20 años, etc...

¿Son imprescindibles las emociones o sentimientos para poder adorar?, NO. Por tanto, ¿debemos prescindir de ellos?, tampoco. Hay que estar abierto a todo lo que Dios nos quiera dar y debemos desear lo más sublime y maravilloso, sabiendo que Él puede concedérnoslo. Ahora bien, cuando adoremos no debemos estar pensando, a ver que es lo que el Señor me va a regalar hoy, No. Sólo Dios es el centro de atención, nada más. Debemos aprender a abandonarnos a él, esperando en él, centrados sólo en él. Aún con todo esto, podríamos preguntarnos ¿He tenido alguna gran experiencia de Dios? ¿He visto o sentido cosas grandes?. Si me dices que siempre es así, habría que analizarlo porque no es lo más normal, y si me dices que nunca lo has vivido, hay un problema. Si quieres ser un verdadero cristiano, capaz de testificar y dar la vida por Dios tienes que haber vivido algo especial ante su presencia. Y no me estoy refiriendo exclusivamente a grandes eventos con personajes importantes, ya sean cantantes, obispos o el mismo Papa, aunque puedan ser uno de  esos lugares y momentos elegidos por Dios para tocarte de manera especial y palpable para ti. Hasta que una persona no ha experimentado en carne propia el amor, la presencia, la paz,.... de Dios, de manera que produzca un antes y un después en su vida, toda la teoría y cultura cristiana en la cual haya sido educado, por sí solas, no le permitirán llegar muy lejos como cristiano.

La verdadera adoración crea en el corazón un espíritu de expectación y anhelo insaciable. Como ya he mencionado, no debemos ir a la adoración a buscar experiencias pero eso no excluye el anhelo natural de nuestro espíritu de encontrarse y deleitarse con su Creador. Debemos vernos como un niño pequeño que después de mucho tiempo sin ver a su padre, éste, llega de un largo viaje. El hijo anhela encontrarse con su padre. Su inocencia no le hace pensar en posibles regalos. Sin embargo, el niño, lleno de ilusión, corre hacia su padre y se lanza a sus brazos. El corazón del padre se llena de gozo por su hijito amado, y... ¡qué sorpresa! Había traído regalos para su niño. Algo parecido debería suceder en la adoración, con la diferencia de que Dios nunca falla, siempre nos ama infinitamente y no decepciona a aquellos que se lanzan confiadamente a sus brazos.

Si en nuestro corazón hay preocupaciones es difícil olvidarse de ellas cuando estamos ante quien todo lo puede. Es normal, natural e imprescindible presentar nuestras peticiones a Dios, pero nuestro objetivo en la adoración no debe ser sólo ver respondidas nuestras oraciones, sino que debemos ir más allá. Deberíamos saber encontrar un “espacio” en el tiempo de adoración donde nuestra única preocupación fuera deleitarnos en la presencia impresionante, omnipotente, gloriosa, de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y si durante esos momentos Dios nos quiere dar “regalitos” emocionales, sentimentales o espirituales, bienvenidos sean si esa es su voluntad. Cuando el hombre se comunica con Dios lo hace desde toda su globalidad, de manera que todas las partes de su estructura participan de alguna manera en el diálogo o culto, en nuestro caso en la adoración, y al mismo tiempo reciben los beneficios adecuados, según la voluntad del Señor.

Ante la presencia de Dios, es su Espíritu quien debe gobernar. Debemos aprender a dejarnos llevar por Él, a dejarle hacer su obra en nosotros, a permitirle llenarnos totalmente de Él y no tenerlo arrinconado por nuestro orgullo y egoísmo. Si aprendemos a vivir así, Dios no nos defraudará. Viviremos grandes momentos, lo cual no excluyen lo periodos de grandes desiertos, dificultades, etc... Ahora bien, dice Jesús: «el que persevere hasta el fin, ese se salvará» (Mt 24,13). Hay que perseverar cuando tentemos grandes experiencias de Dios y también cuando estamos atravesando el desierto. Perseverar aunque caigamos en pecado, aunque se nos escape la esperanza, aunque nos quedemos solos, seamos incomprendidos, etc...

«Que Cristo viva en vuestro corazón por la fe. Así, firmes y profundamente enraizados en el amor, podréis comprender con todos los creyentes cuán ancho, largo, profundo y alto es el amor de Cristo. Le pido, pues, que os dé a conocer ese amor, el cual es mucho más grande que cuanto podemos conocer. Así estaréis totalmente llenos de Dios» (Ef 3,17-19)

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