Adoración: Tema 2

2. REALMENTE, ¿QUÉ ES LA ADORACIÓN?

            Cuando se habla de adorar a Dios, alguien puede preguntar, ¿realmente de qué se está hablando?. Es fácil hacerse una idea rápida de lo que es la adoración porque, o bien, lo hemos probado, o bien, lo hemos visto de alguna manera (sin valorar si lo que se ha hecho o se ha visto es adoración verdadera). Pero ir más allá y dar una definición ya no es tan fácil. Para poder definir algo hay que conocerlo con exactitud, como acostumbran a hacer los científicos con las cosas materiales.
            En el caso de la adoración estamos ante algo que nos sobrepasa infinitamente y cuando algunos la definen utilizan expresiones que son más bien una explicación de los elementos que componen la adoración y los sentimientos interiores que surgen, pero no tanto de lo que realmente es.
            Un lugar donde se recoge la tradición y sabiduría de la Iglesia a la luz de la Palabra de Dios, y que puede ofrecernos pistas sobre una fiel definición, es el Catecismo de la Iglesia Católica, que dice:

Adorar a Dios es reconocerle como Dios, como Creador y Salvador, Señor y Dueño de todo lo que existe, como Amor infinito y misericordioso. (CEC 2096)

De momento esta definición nos da una pista de la esencia verdadera de la adoración.

            En los tiempos de adoración pueden aparecer gestos (arrodillarse, postrarse, alzar las manos), sentimientos (Alegría, paz, gozo...frutos del Espíritu Santo), bendiciones (sanaciones, liberaciones...) y otras reacciones complejas del hombre, pero hay algo que siempre se da en una verdadera adoración: encuentro entre Dios y el hombre, reconociendo este a su verdadero Dios y, como consecuencia, comportándose de la mejor manera que conoce (gestos, palabras, cantos, silencio...) para exaltarle y someterse a Él en humildad.
            Imaginemos por un momento cual sería nuestra reacción si Jesús se hiciera presente de forma visible delante de nosotros en algún momento de la oración personal. Seguramente intentaríamos reaccionar dando una respuesta correcta a tal presencia. Posiblemente nos arrodillaríamos, nos echaríamos a sus pies, nos quedaríamos paralizados, etc... Hiciéramos lo que hiciéramos, intentaríamos que nuestra forma de actuar se adecuara a la gloriosa presencia de Dios. Teniendo esto en cuenta, podríamos atrevernos a dar esta pequeña definición: la adoración es dar una respuesta correcta y adecuada a la presencia de Dios. De alguna manera se trataría de mostrar nuestro convencimiento interno de que Dios es el Dios todopoderoso y eterno, y nosotros sus criaturas.

            La actitud del adorador tiene que surgir de su corazón. Un corazón humilde que pertenece a Dios sabrá encontrar la forma adecuada de adoración, pero un corazón que pertenece al mundo no logrará saborear el privilegio de la adoración ni sabrá qué hacer o como comportarse, y finalmente la encontrará absurda.
           
            Pero la adoración es mucho más que decirle al Dios verdadero, que él es nuestro Dios y nosotros sus criaturas. Dejando a un lado las posibles formas y estilos de adoración, las manifestaciones externas, los sentimientos internos, etc...,  la adoración tiene algo muy especial e imprescindible, algo que no podemos conseguir de otra forma. Teniendo en cuenta esto, podemos añadir otra definición de qué es la adoración: La adoración es un encuentro de amor verdadero entre Dios y el hombre, y en ella se produce el nivel máximo de relación y expresión de este amor. No hay oración, método, lectura, canción o cosa parecida que introduzca al hombre justo ante la presencia de Dios, con sus ángeles, bienaventurados y criaturas celestiales, y propicie una relación tan íntima como lo hace la adoración. Aunque, por supuesto, en una adoración pueden existir elementos que nos ayuden a situarnos ante Dios, cantándole, diciéndole cosas, etc...

            Dios es amor y todo lo que hace es por amor. Este tema no trata del amor de Dios, pero siendo la adoración el lugar privilegiado de encuentro con el, vamos a decir algo al respecto. Cuando alguien vive alejado del Señor puede sucederle que un día tenga un encuentro personal (espiritualmente hablando) con Él (Dios conceda a todos poder tener esta gracia). Esta persona seguramente no conoce la adoración como algo personal, pero posiblemente haya escuchado alguna predicación de la Palabra de Dios por la cual su corazón se ha abierto a la acción del Espíritu Santo. Este es un gran momento. Es el amor infinito de Dios llamando a la puerta de su hijo, y esperando a que le abran el corazón. El Señor le dice, “Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo”. Dios quiere propiciar el primer gran encuentro de amor con esa persona. Si este corazón se abre (gloria a Dios) las primeras palabras de Dios serán: “Te amo con un amor eterno”. Y la respuesta no solo tendría que ser, “tú eres mi Dios y yo tu criatura”, sino, “también te amo”.
            Se trata básicamente de amor acompañado de la humildad reconociendo la realidad de Dios y la nuestra, también de sumisión y entrega. Pero todo envuelto por el amor de Dios derramado por el Espíritu Santo en nuestros corazones.
            Ahora ya hemos entregado nuestro corazón y estamos envueltos de amor. ¿y ahora que?. La verdadera adoración es en Espíritu y en Verdad. Es un terreno donde Dios tiene todo el control, así que lo mejor que podemos hacer es dejar que el Espíritu Santo guie nuestros momentos de adoración. Nosotros debemos ser ordenados en aquello que hemos aprendido y creemos que es correcto, mientras el Espíritu no nos muestre lo contrario, pero aún así, debemos ser capaces de entregar el control a Dios y dejar que él sea el único protagonista.

            La adoración también es un tiempo de comunión con Dios. Nosotros vivimos en Él y Él en nosotros. Le entregamos todo y el lo da todo (incluso a su hijo Jesús), pero si nuestra adoración no es sincera y nos guardamos cosas, entorpecemos la comunión y esto limita la relación con Dios y lo que podamos recibir de él.
            En la adoración nuestro yo se rinde y permite que el Espíritu Santo nos transforme en imagen de Dios. El Señor nos santifica y nos diviniza con su presencia haciéndonos cada vez más semejantes a Jesucristo. ¡¡Somos templos vivos!!.

            ¿Nos atrevemos a dar una definición sobre la adoración?

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